Devocional Ministerio de Jóvenes

Iglesia Cristiana PAI

En el mundo hay miles de personas que muy posiblemente veamos que tengan actitudes o pensamientos parecidos a los nuestros, pero a cada uno de nosotros hay muchas cosas que pueden identificarnos, como lo es el nombre, la cédula de ciudadanía, las huellas digitales, el ser un hijo o hermano. Sin embargo, sé que en un momento podría perder cualquiera de esas cosas que me identifican y me quedaría sin “una identidad”.

Desde que te despiertas estás escuchando voces que te gritan mentiras acerca de quién eres. Ni siquiera tienes que salir de tu casa para ser bombardeado(a) por mensajes nocivos que atentan contra tu identidad. Están en tu teléfono, en los mensajes de texto de tus amigos(as) que te empujan a ser como ellos(as). Están en las redes sociales que enredan tu corazón y lo atrapan con la mentira, “si tan solo tuviera esto o aquello”. Están en la televisión, en Spotify, en las revistas y peor… están en tu corazón que por defecto es engañoso. Tu identidad, valor y propósito se ven amenazados cuando son alimentados de la fuente incorrecta

Cuando hablamos de identidad nos referimos a un conjunto de representaciones o situaciones que hacen que alguien o algo sea reconocido, sin posibilidad de confusión con otro. En Cristo nuestra identidad pasada ha cambiado y ha sido transformada para ser un hijo de Dios. Pasamos de ser esclavos a ser redimidos, justificados y santificados por la gracia de Dios, así nuestro destino eterno ha cambiado de rumbo.

En 1 Pedro 2:9–10 nos habla de nuestra verdadera identidad “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; pues vosotros en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois el pueblo de Dios; no habíais recibido misericordia, pero ahora habéis recibido misericordia”

Has nacido de nuevo en la familia de Dios y has sido insertado(a) en su pueblo. Tu fe en Cristo te hace parte del linaje de Abraham y tú también recibirás una herencia incorruptible, inmaculada, que no se marchitará y que está reservada en los cielos.

Como el apóstol Pablo decía en (Romanos 14:8), “si vivo, para Él vivo y si muero, para Él muero”. Nada me podrá dañar, pues mi identidad radica en que soy hijo(a) de Dios, certeza que nadie me podrá quitar.

Dios no nos adoptó como hijos por lo que hubiéramos podido hacer o por la profesión que conseguimos o los logros, o lo magnífico que somos; simplemente fue por su gracia maravillosa que solo ve corazones necesitados de salvación.

¡Nuestra identidad es algo muy valioso, si no sabemos quiénes somos, entonces no sabremos a dónde vamos!

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