Dietrich Bonhoeffer, hallándose sentado en una prisión nazi, escribió una vez un sermón de bodas para una sobrina que estaba por casarse. En el decía: “El matrimonio es más que simplemente vuestro amor del uno por el otro. Tiene una dignidad y poder mas altos, pues es la santa ordenanza de Dios por medio de la cual El desea perpetuar la raza humana hasta el fin del tiempo. 

En vuestro amor os veis solamente a vosotros en el mundo, pero en el matrimonio sois un eslabón en la cadena de las generaciones, que Dios hace venir y pasar a su gloria, y llama a su reino. 

En vuestro amor solamente veis el cielo de vuestra felicidad, pero en el matrimonio estáis colocados en un puesto de responsabilidad hacia el mundo y la humanidad. 

Vuestro amor es vuestra posesión privada, pero el matrimonio es mas que algo personal, es un estado, un oficio”.

En el cristianismo el matrimonio alcanza una santidad y significación que no se conoció en tiempos antiguos. La dignidad olvidada de la mujer fue traída a la luz, y su valor fue reconocido. Ni la ley romana, ni la mosaica le concedían a la esposa derechos que fueran igualmente grandes y sagrados como los del hombre. 

En el cristianismo la esposa, del mismo modo como el esposo, tiene derecho a tener la perfecta fidelidad de su consorte. La esposa deja de ser meramente la ayudante de su esposo en esta vida presente, y llega a ser coheredera con él de la vida eterna. La Biblia dice: “vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Pedro 3:7).

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