Ser activa, inteligente y espiritual son cualidades nobles en una mujer; pero la mujer activa que deja a su esposo en la inactividad; la inteligente que lo deja a él callado y que por el brillo de su conversación deja en evidencia la torpeza de él; y, finalmente la espiritual, que deja que otros declaren que su esposo es menos iluminado o avivado que ella, son tres caracteres desagradables. Sin embargo el último de ellos, especialmente cuando está en combinación con el segundo, es el más desagradable de todos.

Apóstol Enrique Torra – La Familia – Mayo 26 /2019

Así como una mujer puede superar a su esposo en comprensión natural, del mismo modo puede ser el caso en relación con su espiritualidad. De veras, es más común encontrar más piedad en las mujeres que en los hombres. Sus mentes son más accesibles a las verdades cristianas, como quedó en evidencia en la primera época del cristianismo. Y ellas han sido las continuadoras de la fe, en lo cual aún los primeros discípulos de Cristo fueron sobrepasados por estas santas mujeres. De la misma manera también, es más común que en un tiempo de alejamiento de la fe, sean las mujeres las que vuelvan a ella antes que los hombres. Y a menudo sucede que una mujer cristiana debe sufrir maltrato por parte de su esposo, antes que lo opuesto.

Imaginemos el caso en que se encuentra esta incongruencia en la manera más conspicua y conmovedora; piedad genuina y profunda por parte de la esposa: Pensamiento mundano, incredulidad, y aspereza tiránica por parte del esposo. Sin embargo, de acuerdo a la ordenanza de Dios, la posición de la esposa no es alterada en lo más mínimo por ello. Su deber para con su esposo permanece exactamente igual: ella no está menos obligada a rendirle respeto que si el carácter de él fuese el más amable y el más espiritual. Por su conocimiento cristiano, este deber no es más aminorado, sino que se imprime con mayor fuerza. Tan cierto como que el lazo matrimonial es indisoluble, así el mandamiento de obediencia en el matrimonio permanece irrevocablemente firme. Que ninguna mujer ofenda a la autoridad que el Señor ha designado, especialmente bajo el pretexto de un amor especial por Dios.

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