Dios nos ha enviado a evangelizar

Ni la cotidianidad, ni la costumbre, nos dan el derecho para ser jueces de nuestro cónyuge, ni de nadie. Dios nos ha enviado a evangelizar, y debemos ser los sacerdotes de nuestra casa, como espacio para cumplir este mandato.

Iglesia Cristiana PAI – Ministerio de Parejas – Devocional Agosto 15 /2019

Si bien es cierto que se requiere tener un criterio de análisis, guiado por el Espíritu Santo, para discernir entre lo bueno y lo malo, no está dado ni indicado de ser jueces.

Por lo general cuando se pone en esta postura, no se hace a la manera de Cristo; y es que esta manera fue siempre guiada por el Espíritu de Amor; cuando esto pasa se carece de amor y la justicia sin amor, da como un resultado negativo la tiranía.

Y es que ésta sumada a la costumbre y a la cotidianidad, se confunde con la formación, y la ayuda; donde se direcciona hacia el sacar de lo más profundo del ser, la rudeza y acompañada de palabras que no son impecables; desencadenando los conflictos familiares.

Cuando se tiene el criterio para entender lo más conveniente e íntegro para el hogar, acompañado del Espíritu de amor, se tiene como resultado el crecimiento, el desarrollo y la atracción de las bendiciones; pues se habla en el amor de Dios, se usa un lenguaje adecuado, y propositivo; de tal forma que aquel que es amonestado, logra evidenciar una ayuda para mejorar; y no ha de tomar eso de forma personal y tampoco trascenderá a un conflicto.

El apóstol Pablo, tenía presente la importancia de la amonestación, la corrección, para el crecimiento; y por lo mismo dejó unos criterios mínimos que requieren para evitar caer en esos zapatos odiosos que causan daño, por caer en dinámicas como es el llegar a ser jueces.

En Romanos 15:14, nos muestra las características que se deben cultivar en el hogar para poder amonestar: ser llenos de bondad, de conocimiento, y capacidad para hacer la amonestación.

En 1 Corintios 4:14; nos permite ver que hay diferentes formas de amonestar, sin necesidad de avergonzar al cónyuge, y consiste en ver con amor al otro, aun comparándolo en la responsabilidad que se tiene con un hijo para su formación.

Colosenses 1:28 y 3:16, presenta el fin de la amonestación, siendo proclamar y enseñar al otro para ser presentados de la mejor forma, aun comparándola con la perfección para Dios; mediante las herramientas adecuadas: a través de la Palabra de Cristo que debemos tener en nuestras vidas, llenas de sabiduría, para enseñar, con acción de gracias en nuestros corazones.  

1 Tesalonicenses 5:12 y 2 Tesalonicenses 3:15, recomienda tener y hacer el reconocimiento, para dirigirse a Dios, a través del que amonesta, y no versen como enemigos, ni el amonestado ni al que amonesta, sino como entre hermanos. 

Es evidente que la naturaleza humana, quiere hacer de las amonestaciones, conflictos de estilo personal; pero cuando se es consciente que es a fin de mejorar y crecer en bendición, se debe tener cuenta las palabras de Pablo: “y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí” Gálatas 2:20 (DHH). Es empezar a ver a su cónyuge como el medio que Dios usa para levar el hogar de victoria en victoria. 

La recomendación más grande, en este sentido está escrita en Romanos 12:17: “Hagan todo lo posible por vivir en paz con todo el mundo” (TLA); Y aquí haría el énfasis “especialmente con su cónyuge” fue la elección de ayuda idónea que elegiste, y con la cual has de cumplir el propósito Divino. 

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